¿Qué hay que decir del juicio del caso Odebrecht? Quizá para periodistas y espectadores, la forma más simple de describirlo es con dos palabras: “Al fin”. Así de lacónico también debería ser el desarrollo del juicio. Pero, claro, no lo será, de ningún modo, a menos que al final los acusados estén esperando un desenlace a favor o una condena light. O, como un cátcher, los espere el Ejecutivo para premiarlos con un indulto, rebaja de pena o algún invento que los ponga a todos en la calle. O quizás la propia Corte Suprema de Justicia o un tribunal superior, con una de esas rebuscadas sentencias —de inconstitucionalidad, casación, revisión o, incluso, aclaración— que los liberen de todo mal.
Por eso tengo serias dudas de que este juicio termine bien, porque todos, absolutamente todos, son fruto del mismo árbol torcido, podrido y corrompido, ese que sigue a la espera de que le quiten la condena para regresar a Panamá. Es evidente que su cobardía le impide ser el alfa que dice ser: es, en cambio, el alfeñique, ubicado al final de la fila —en la letra zeta— donde su bravuconería es solo una proyección de su desproporcionado egocentrismo que revela cada una de sus falencias. Por eso, cual rico de estirpe filibustera, mendiga “amistades” cuya fidelidad no está consagrada a él, sino a su dinero fácil; incondicionales prestos a servir al amo —no al amigo— a cambio del mendrugo pactado.
Odebrecht es el vivo reflejo de la criminalidad más pervertida y perniciosa: hay empresarios de todas las clases, desde la crema y nata de la sociedad brasileña hasta señorones locales; exfuncionarios codiciosos, cuyas actividades han sido delatadas por sus propios cómplices y testaferros; hay bancos y banqueros, expresidentes y exministros; abogados de bufetes grandes y pequeños y hasta desaparecidos; hay corruptela osada y desmedida; sexo, política, campañas y elecciones; hay millones robados y dilapidados; hay tráfico de influencias, corrupción transnacional; hay mentiras, hipocresía y descaro. Y, sobre todo, escándalos tras escándalos. Solo falta el ingrediente final: impunidad.
Allí estaban todos ellos, presurosos para declararse responsables de nada; fingiendo valentía, porque querían convencernos de que los operadores financieros de Odebrecht que les depositaban la plata están locos; de que las pruebas de sus groseras cuentas bancarias son falsas; de que sus cómplices y testaferros —confesos y condenados— mienten; de que los fiscales son unos necios caprichosos que se fijaron en su extravagante nuevo estilo de vida; de que todo es un espectáculo mediático para dañarlos; de que son unos pobres perseguidos políticos; de que, solo aportando su palabra, pueden probar —sin lugar a dudas— la licitud de los millones acumulados mientras simultáneamente se desempeñaban como servidores públicos. ¡Ilusos!
Y lo que está en juego aquí no es la libertad de unos pocos. Esta es la prueba ácida para la justicia, incluso para el presidente de la República, quien tendrá la última palabra sobre las condenas —si es que se producen— de sus excompañeros de gabinete. Aquí está en juego la institucionalidad y la seguridad jurídica; la certeza de castigo; incluso, la frágil imagen de Panamá en la comunidad internacional, así como la seriedad o insensatez del Gobierno.
Este es el mayor escándalo de corrupción de la historia de Panamá y, probablemente, el mejor documentado. Tengo muchas dudas sobre incontables cosas, situaciones y personas, pero no sobre lo que está en ese expediente. Y solo espero que no haya nada que lamentar al término de este proceso o después de este, porque, de lo contrario, el mensaje será catastrófico: pandillas políticas disputándose el poder para saquear riquezas y recursos, porque aquí ya no habrá ni ley ni justicia. Eso es lo que está en peligro.


