Panamá se acerca a la llegada del fenómeno de El Niño. Estamos, justamente ante una posible declaratoria, dijo Luz Graciela de Calzadilla, directora del Instituto de Meteorología e Hidrología de Panamá (Impha) este miércoles 22 de abril en TVN Noticias.
Antes, a finales de marzo, ya había advertido sobre el inminente desarrollo del fenómeno El Niño, con una probabilidad de 72% durante el trimestre de mayo, junio y julio.
El punto es que El Niño no es un episodio aislado ni un simple cambio en el clima: es un fenómeno capaz de reconfigurar por meses —e incluso años— el comportamiento del agua, la temperatura y los ecosistemas en el país. Sus efectos no se limitan a menos lluvias; impactan de forma directa la disponibilidad de agua, la producción de alimentos y el equilibrio ambiental, generando presiones que se acumulan con el tiempo.
Lo más relevante es que Panamá no parte de cero. Llega a este nuevo episodio con secuelas arrastradas de eventos anteriores y con un contexto climático más vulnerable. Cada evento de El Niño deja huellas que no desaparecen del todo, debilitando la capacidad de recuperación de los ecosistemas y aumentando el riesgo de que los impactos sean cada vez más severos.
Un estudio realizado por el Observatorio de Riesgo Urbano de Florida State University, ESRI Panamá y Metromapas, bajo el nombre "Historia de El Niño en Panamá de 1982 al presente" señala que en los últimos años el país ha experimentado 12 eventos, de los cuales 5 han sido especialmente devastadores debido a su intensidad.

Además, en el documento publicado por Carlos Gordón, se indica que estos eventos no han sido aislados, sino parte de una dinámica que deja efectos acumulativos en el territorio.
En la cronología, el evento de 1982–1983 fue catalogado como un “Meganiño”, ya que provocó la primera gran crisis en los embalses del Canal de Panamá y graves daños en los arrecifes coralinos. También aumentaron enfermedades como diarreas, malaria y dengue, debido al uso de agua contaminada y a que el calor aceleró la propagación de virus en insectos.
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Luego, entre 1997 y 1998, ocurrió otro evento muy fuerte que causó grandes pérdidas agrícolas, especialmente en cultivos como el tomate y el arroz.
La sequía también favoreció incendios forestales y alteró la pesca, ya que el aumento de la temperatura del mar hizo que los peces se desplazaran a aguas más profundas. Además, los cambios en la salinidad afectaron la producción de camarón.
Más adelante, entre 2014 y 2016, se registró un evento prolongado que llevó al gobierno a declarar estado de emergencia por sequía. Este fenómeno provocó pérdidas de aproximadamente 70 millones de dólares en el sector agropecuario.

Aunque en 2019 las condiciones parecían más estables, algunas regiones aún mostraban secuelas de eventos anteriores, como falta de agua, suelos deteriorados y vegetación debilitada. Esto demuestra que los efectos de El Niño pueden durar varios años.
En 2023, el país volvió a ser afectado por una de las peores sequías en más de 70 años, agravada por la combinación de El Niño y el calentamiento global.
Uno de los hallazgos más importantes del estudio es que estos eventos están generando una “fatiga ecológica”.
Según el Índice de Vegetación (NDVI), el 74.8% de las subcuencas presentan estrés moderado, lo que indica que la vegetación no logra recuperarse completamente entre un evento y otro.

Además, los bosques están perdiendo su capacidad de retener agua, lo que reduce la recarga de fuentes hídricas y aumenta el calentamiento local, es decir que la vegetación debilitada libera menos humedad, lo que elimina el efecto de “aire acondicionado natural” y eleva la sensación térmica en el campo
En conclusión, El Niño no solo afecta de manera inmediata, sino que sus impactos se acumulan con el tiempo, debilitando progresivamente los ecosistemas y aumentando la vulnerabilidad del país.


