A Tom Robinson se le acusa de un crimen terrible. Las únicas pruebas que hay en su contra son la palabra de dos supuestos testigos, y algo que para lo que en 1935 era motivo suficiente para encontrarlo culpable: ser negro.
Así te venden Matar a un ruiseñor, que es un libro sobre el racismo, pero al leerlo uno se da cuenta de que va más allá. Por eso, si tan deplorable es el acto del prejuicio hacia una persona, también debe serlo hacia esta obra escrita por la estadounidense Harper Lee y publicada en 1960.
Con base en el ficticio y casi siempre apacible pueblo de Maycomb, en Alabama, Estados Unidos, la novela gira entorno a la vida de la familia Finch, siendo la pequeña Scout Finch la encargada de narrarnos los sucesos que marcaran tanto su crecimiento como el de su hermano mayor Jem, quienes irán perdiendo la ignorancia que ofrece la inocencia, para descubrir cómo se maneja el mundo de los adultos, un mundo donde el peso lo tiene la clase social, el color de piel y el prejuicio.
Harper Lee
Escritora
Y justamente sobre el prejuicio es que tendremos que ir cuidándonos página a página, porque de no ser así, pronto nos encontraremos cuestionándonos y sacando conclusiones apresuradas, muchas de las cuales corremos el riesgo de hacerlas de forma errada, sobre las acciones de los habitantes del variopinto Maycomb, sobre la familia Finch y su aparente obstinación por hacer lo contrario a lo que el código de la época marcaba, y hasta sobre la propia autora, si sus decisiones de alargar la llegada de lo que suponíamos era el tema principal del libro, es acertada.
Así bien, hacernos una idea de lo que vamos a encontrar en esta historia ya iría en contra de su propio espíritu.
Harper Lee parece querer llevar su mensaje de parcialidad al límite: ¿podemos confiar en el juicio narrativo de Scout Finch? ¿Entenderemos que el libro va más allá del tema del color de la piel?, ya que también habla sobre el crecer tanto física como mentalmente, sobre conocernos y conocer a las personas más cercanas a quienes la cotidianidad, a veces, nos hace olvidar que son seres autónomos. O lo más importante, ¿seremos capaces de juzgarnos a nosotros mismos?
Hay libros que se convierten en clásicos por su fuerza narrativa o por estar adelantados a su tiempo. Matar a un ruiseñor merece ser leído por su capacidad de ser atemporal, y una vez que se llega a su última página, nos damos cuenta de lo triste que representa su hasta ahora indefinida vigencia.
