Navegando el río de los Lagartos

Navegando el río de los Lagartos
Navegando el legendario Chagres.

En la temporada lluviosa de 1502 un avejentado Cristóbal Colón buscaba afanosamente el paso occidental que lo llevaría a las tierras del Oriente. Feroces huracanes lo habían acompañado implacablemente desde Santo Domingo a Cuba y a lo largo de toda la costa centroamericana, abatiendo su flota.

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Cuando el genovés navegaba en dirección a la bahía que bautizó Porto Belo, pasó frente a un río al que no puso mucha atención. Lo llamó "de los Lagartos" por los saurios que en su desembocadura encontró, y que le hicieron recordar a los legendarios cocodrilos del Nilo. En su mente fantasiosa, imaginaba estar a diez días de navegación del Ganges, en la India. Ya sabía por los indígenas de Veragua que había un Mar del Sur allende los montes, pero su delirio lo empujaba a continuar su viaje bordeando la costa caribeña hasta encontrar el elusivo ---e inexistente por cuatro siglos más-- paso marítimo.

El Río de los Lagartos era parte de los dominios del cacique Chagre. En pocos años los españoles ya llamaban al río por su nombre actual: Chagres. Ese río menospreciado por Colón estaba destinado a ser la vía más importante de enlace de todo el imperio español, y el objeto de la codicia de sus enemigos.

Hoy, acceder al Fuerte San Lorenzo, construido por España en 1598 en la boca del Chagres para proteger la vital ruta, hace recordar las penurias del Almirante.

Para llegar a las majestuosas ruinas el visitante debe tomar una vieja carretera sin hombros, construida por el Ejército de Estados Unidos a través de la selva desde la antigua ciudad zoneíta de Cristóbal. La carretera está en tan deplorable estado que uno se pregunta cuáles son las verdaderas ruinas. Cuando las lluvias caen, secciones enteras parecen hundirse en los pantanos. Hasta la voraz paja canalera quiere devorarla desde los costados, acaso para devolverla a la selva.

El camino pasa por la antigua base militar Sherman, que hoy parece un pueblo fantasma. Las vistas recuerdan a una escena de saqueo. ¿Qué tal si el Estado la reconstruye como sitio turístico, con centro de interpretación, cafeterías y estacionamientos pata autobuses, mostrando cómo era la vida en la etapa del protectorado norteamericano del siglo pasado, que Panamá felizmente superó sin complejos?

Hasta que el nuevo e impresionante puente sobre el Canal en el lado Atlántico se inaugure, el cruce en carro desde la ciudad de Colón se hace sobre ferry. Si el visitante no tiene apuro, esta travesía a la otra orilla del principal canal del mundo impresiona positivamente. Las vistas del puente en construcción casi directamente sobre nuestras cabezas son, en sí mismas, un gran atractivo. Uno solo se pregunta si los cruceristas desembarcados en Colón por unas horas tienen la misma paciencia que el visitante local. Frente a lo que alguna vez fue el poblado de Chagres se encuentra el pequeño atracadero. Uno levanta la mirada y admira sobre el promontorio al heroico fuerte español. Allá volveremos más adelante. Ahora, nos espera un pequeño bote que nos lleva río arriba y tierra adentro, a recorrer la ruta colonial de entrada al istmo, al Océano Pacífico y al Perú.

Navegando el río de los Lagartos
Navegando el legendario Chagres.

Unos minutos más adelante nos adentramos en la espesa naturaleza que abraza a la vía fluvial, la misma que recibió a conquistadores y piratas, exploradores y comerciantes, misioneros y facinerosos, en sus mundanos afanes de viajero. Los doseles de los árboles adornan la vista, acariciando la bruma apenas sugerida por la mañana. El plácido zumbido del motor es acallado por el canto de las aves y el reclamo de los monos aulladores en la orilla, más indignados que sorprendidos por la incursión en sus territorios. ¡Pero cómo te atreves!

La vigencia del Chagres como puerta de entrada a Panamá duró tres siglos. Esto es, tres veces más de lo que lleva el Canal de Panamá y cinco más que nuestro aeropuerto internacional. Nuestra nacionalidad multicultural e hija de mil leches empezó a forjarse por ahí.

Dos científicos españoles que cruzaron Panamá en 1735, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, ya se maravillaban con la generosa naturaleza vista desde el Chagres: “No parece queda nada que apetecer a la vista después de haberse ocupado en la diversión que ofrecen aquellas riveras…..La frondosidad de los bosques en las llanuras, lanzando sus copas hacia el río, la espesura de las colinas con la variedad de las especies en los tamaños, estructura de las hojas, hechuras de sus pimpollos y diversidad de colores hacen el objeto más entretenido que se pueda desear, y si se considera la abundancia de animales que los matizan, no queda arbitrio en las palabras para poder comparar”.

¡Cuántos personajes a lo largo de los siglos tuvieron exactamente la misma fascinación, si no la elocuencia, de tan prestantes caballeros! Tantos, como las historias que podemos contar a los turistas de hoy.

Además de San Lorenzo, los españoles construyeron dos fortalezas río arriba: el Fuerte de Gatún, en la confluencia con el río homónimo; y el Fuerte del Santísimo Sacramento de la Trinidad, donde el Chagres encuentra al río Trinidad. La ruta fluvial por el Trinidad llevaba hasta el embarcadero de Dos Brazos, cerca de Capira, con acceso terrestre al Mar del Sur. Esta era otra vía transístmica colonial, menos conocida.

Ambos fuertes coloniales fueron perdidos bajo las aguas del Lago Gatún ¿para siempre? cuando el río Chagres fue represado para hacer posible el Canal de Panamá. Ahí permanecen sumergidas sus ruinas, ocultando sus secretos. Nuestro paseo de 30 minutos termina en el embarcadero El Gallo, impedido de continuar río arriba. No lo sabe el aventurero aún, pero se encuentra al pie de la gigantesca pared de tierra y concreto que los norteamericanos construyeron en 1913: la represa de Gatún, que taponó y cortó la vieja ruta fluvial, convirtiendo al Chagres en el único río del mundo cuyas aguas se vierten tanto al Pacífico como al Atlántico.

Navegando el río de los Lagartos
Navegando el legendario Chagres.

En este entorno, el contraste entre la naturaleza salvaje y la mano del hombre que la domesticó no puede ser más impresionante. El Fuerte San Lorenzo es una de nuestras grandes joyas históricas y turísticas, junto a Portobelo, Panamá La Vieja, Casco Antiguo y los caminos transístmicos coloniales. El Estado panameño ha presentado a la UNESCO su solicitud para que sean declarados Patrimonio de la Humanidad en su conjunto: “La Ruta Colonial Transístmica de Panamá”. Se adelantan préstamos de entidades internacionales para la rehabilitación tanto de San Lorenzo como de su carretera.

En sus inmediaciones se construirá un Centro de Visitantes con salas para presentaciones audiovisuales, facilidades sanitarias y otras hasta ahora tan improbables como un nuevo ataque de piratas. Hasta la Autoridad de Turismo de Panamá, anquilosada con temas intrascendentes, ha aportado fondos. ¡Enhorabuena!

Los cañones silentes del fuerte San Lorenzo, en la boca del Chagres.

Un plan de reconstrucción de la decaída oferta turística panameña pasa forzosamente por la restauración de sus monumentos históricos y el cuidado de sus parques naturales. El paseo en bote río Chagres arriba desde San Lorenzo muestra ambos y reproduce la experiencia centenaria exquisitamente. Solo faltan los turistas, que vendrán cuando finalmente hagamos lo que tenemos que hacer. Aló, ¿Colonial? rejimeneze@hotmail.com

Navegando el río de los Lagartos
Navegando el legendario Chagres.

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