Cuando el presidente Barack Obama se dirija al pueblo cubano el martes, debe hacer un mejor trabajo al abordar el deplorable record en derechos humanos de Cuba que el que hizo en la conferencia de prensa del lunes. Es la oportunidad para ir más allá de la cita de principios abstractos y hablar sobre los abusos y las restricciones específicas que sufren los cubanos —incluidos detenciones arbitrarias, el bloqueo de páginas web, y las leyes utilizadas para castigar y perseguir el disenso.
Si el presidente Raúl Castro efectivamente libera a algunos prisioneros políticos la noche del lunes, como dijo que haría —mientras sembraba dudas sobre si existen prisioneros políticos en Cuba— por supuesto que será una decisión bienvenida. Pero estaremos frente a un ritual que se ha repetido por décadas cuando líderes extranjeros visitan Cuba: se abren las puertas de unas pocas cárceles, pero se mantienen intactas la legislación y las prácticas represivas.
A menos que el gobierno lleve a cabo reformas genuinas, el régimen siempre podrá volver a encarcelar a cubanos por lo que dicen o piensan o por su actividad política una vez que se vayan los dignatarios extranjeros.
José Miguel Vivanco es director de la División de las Américas de Human Rights Watch.


