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RAíCES

El miedo a la democracia II

La pseudo democracia de las décadas del 20 y 30 del siglo pasado tuvo una amplia base social invisible - excepto en la época de torneos electorales-, manejada al antojo de los partidos políticos, a cambio de la promesa de obtener empleos públicos. Se trataba de una pátina de modernidad que encajaba a la perfección con el proyecto educativo de las masas que, apenas buscaba alfabetizar en forma rudimentaria, pero no civilizar, porque el clientelismo se alimentaba de ciudadanos irracionales, ignorantes, cívicamente débiles, absolutamente inconscientes de sus deberes y derechos, siempre en busca de una figura paterna a la que seguir y obedecer, que les prometiera resolver sus problemas, aunque solo fuera coyunturalmente. En líneas generales, los partidos políticos de este período se caracterizaron por los personalismos y no fueron más que alianzas esporádicas, carentes de programas, establecidas para la protección de los intereses de los sectores dominantes, “enquistados en el quehacer político”.

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De manera que el Estado se presentaba como “una maquinaria diseñada por las élites para su provecho personal”. Esas élites le temían a la democracia, a la libertad de expresión, a las castas de color, a la igualdad, a los procesos electorales transparentes, a los matrimonios interraciales, a la educación de las masas, a la modernidad ortodoxa, a los gamonales, - aunque se servían de ellos- y hasta al laicismo, que el discurso liberal intentaba imponer. Especialmente, la libertad de prensa era temida y combatida, porque las críticas eran interpretadas como ataques personales y censuradas enérgicamente. Por ello, la prensa fue, en general, complaciente, temerosa de los “intereses creados” y convencida de que, “quien intente oponérsele, inevitablemente tiene que ser arrollado por ellos”.

Este entramado dio como resultado una sociedad dependiente de la política. Las masas hicieron de esta actividad su principal y, con frecuencia, única fuente de ingresos, porque de ella dependía su sustento, al tiempo que estas mismas masas-clientes, garantizaban la existencia de los partidos y, por lo tanto, de los “políticos profesionales”. Ya en el siglo XIX, Pablo Arosemena denunciaba que “nuestras instituciones han hecho un político desaforado de cada hombre mediano, y aún de cada nulidad, dejando desiertos los campos y los talleres…”.

Sin universidad y con una vida cultural restringida, la política fue la primera preocupación, el principal tema de conversación y de disputas entre los habitantes de la ciudad, porque todo giraba en torno a las elecciones. El poeta Gaspar Octavio Hernández pensaba que la política funcionaba como un elixir vigorizante muy potente, capaz de vencer la pereza y la desidia nacionales: “intensifica las energías (…) acrecienta la potencia nerviosa y los que ayer no tenían fuerzas ni para dar los buenos días al vecino, gritan con toda la sonoridad de una orquesta”.

Acción Comunal identificaba el expolio como el único fin de la política: “el interés privado: cada afiliado lleva como propósito su mejoramiento económico sin atender a la utilidad que recibe el público” y el servilismo como la máxima y única virtud del servidor público: “el subalterno debe esclavizar el pensamiento y debe renunciar a su criterio” para servir a los intereses de quien le pagaba.

La autora es historiadora. El editor es Ricardo López Arias.


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