Grandes aletas saludando en medio de la inmensidad del océano, soplidos que emergen desde las profundidades y saltos juguetones que rompen la calma del mar abierto. Son escenas que cada año se repiten en Panamá, donde las ballenas llegan tras recorrer miles de kilómetros para reproducirse, mientras diversas especies de delfines habitan de forma permanente nuestras costas.
De acuerdo con el Ministerio de Ambiente (Miambiente), en los mares panameños se han identificado alrededor de 35 especies de mamíferos marinos, entre las que destaca la ballena jorobada. Según la institución, los nutrientes presentes en las aguas del Atlántico y el Pacífico proporcionan un ecosistema que beneficia a estos animales.

Especialistas de Miambiente explican, además, que la presencia de estos cetáceos en Panamá se debe a que nuestras aguas forman parte de una ruta migratoria utilizada para el apareamiento y el nacimiento de sus crías. Además de la ballena jorobada, señalan que otras especies, como la ballena de Bryde, también visitan el país.
La temporada de avistamiento de ballenas inicia en julio y, además de impulsar el turismo ecológico sostenible, esta actividad beneficia la economía de las comunidades costeras y de diversos negocios relacionados con el ecoturismo.
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Más que un atractivo turístico
De acuerdo con especialistas de Miambiente, los cetáceos contribuyen a mantener saludables los océanos al movilizar nutrientes esenciales, como el hierro y el nitrógeno, favoreciendo el crecimiento del fitoplancton.
Indicaron que este organismo produce más del 50 % del oxígeno que respiramos, mientras que las ballenas y los delfines ayudan a mitigar el cambio climático al capturar y almacenar carbono en el fondo del mar.
Pero no todo son buenas noticias. A pesar de su importancia para los océanos y de los beneficios que generan para el turismo, las ballenas y los delfines continúan enfrentando amenazas derivadas de la actividad humana. Factores como la contaminación, el aumento de la cantidad de plásticos en el mar, el ruido submarino, la pesca incidental y el cambio climático siguen poniendo en riesgo su supervivencia.
Otras actividades, como el incremento del tráfico marítimo y de las operaciones industriales en el océano, también afectan su comportamiento, ya que el ruido generado por embarcaciones, sonares y otras operaciones submarinas puede interferir con la comunicación y la ecolocalización que utilizan ballenas y delfines para orientarse, alimentarse y desplazarse durante sus migraciones.
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Memorias prodigiosas
Cada año, al igual que las tortugas marinas regresan a poner sus huevos en el mismo lugar donde nacieron, las ballenas recorren miles de kilómetros para volver a las mismas zonas donde se reproducen y tienen a sus crías. Este comportamiento despierta el interés de los científicos por su capacidad para repetir las mismas rutas con gran precisión, lo que evidencia un sofisticado sistema de orientación desarrollado durante millones de años de evolución.

De acuerdo con especialistas, estos mamíferos utilizan una combinación de referencias naturales para desplazarse a través de los océanos, lo que les permite completar algunas de las migraciones más largas del reino animal. Sin embargo, las alteraciones en los ecosistemas marinos y el incremento de las actividades humanas representan nuevos desafíos para estos recorridos.
Cada 23 de julio se conmemora el Día Mundial de las Ballenas y los Delfines, una fecha que coincide con uno de los meses en los que estos mamíferos marinos se convierten en protagonistas para quienes recorren grandes distancias con el fin de observarlos en su hábitat natural.
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En Panamá, de acuerdo con MiAmbiente, los mejores lugares para avistar ballenas jorobadas son el Archipiélago de Las Perlas, Isla Iguana, Coiba e Islas Secas, y los avistamientos suelen registrarse hasta el mes de octubre.
Por otra parte, las ballenas del Pacífico Norte llegan en menor cantidad y pueden observarse entre diciembre y marzo en el Golfo de Chiriquí. Además, estas zonas también ofrecen avistamientos de delfines nariz de botella y delfines manchados pantropicales.

