El modelo islandés

El modelo islandés
Turistas rodean uno de los géiseres en Geysir.

Islandia es una isla colocada estratégicamente entre Europa y América del Norte, bordeando el círculo polar ártico. Sus 340,000 habitantes son descendientes de intrépidos vikingos que abandonaron Escandinavia hace apenas mil años para poblar esta tierra volcánica. Si bien daneses y noruegos ejercieron su soberanía a lo largo de los siglos, la lejanía y el aislamiento forjaron un pueblo autónomo que debía recurrir al ingenio para sobrevivir en sus gélidos parajes. ¡Brrrr!

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Hasta mediados del siglo XX, la mayoría de la escasa población se dedicaba a la pesca como medio de subsistencia. Carecían de infraestructura moderna. Su vida cotidiana dependía de la energía geotérmica que alimentaba sus estufas naturales cavadas en el subsuelo y calentaba los manantiales que servían de baños. Era la tribu relegada y olvidada de la vieja Europa, asentada en su periferia primitiva.

Para esa época, en cambio, Panamá tenía décadas de haber iniciado el largo camino del progreso. Dije laaaaaaargo.

La Segunda Guerra Mundial cambió todo. Al invadir Alemania a la metrópoli danesa, Inglaterra hizo lo propio con Islandia. Las tropas inglesas desembarcaron en Reikjavik pero encontraron una población que les dio la bienvenida y colaboró con ellas. Más tarde, las tropas fueron relevadas por soldados norteamericanos. La posición geográfica de Islandia era vital para proteger los convoys militares del Atlántico norte. 

La presencia estadounidense trajo progreso material a Islandia. Los norteamericanos construyeron carreteras y aeropuertos. Electrificaron la isla. Introdujeron amenidades como el cine y a través de él, su cultura. Miles de islandeses trabajaban en las bases militares, y no pocas chicas locales se enamoraron de los soldados extranjeros. A los hijos de estas parejas les llaman ástandsbörn, “hijos de la situación”. El último soldado norteamericano abandonó Islandia apenas en 2006. ¿Suena familiar?

A finales del siglo XX, la banca se había convertido en uno de los pilares de la economía islandesa. La desregulación le permitió crecer descontroladamente hasta que la burbuja estalló en 2008. El diminuto Estado islandés no pudo capear el temporal. Los tres principales bancos quebraron y halaron a la economía al abismo. Miles de ciudadanos perdieron los ahorros de su vida. El desempleo se triplicó en dos meses.

Claramente el modelo estaba agotado. Y ahora, ¿quién podrá defendernos?

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Turistas rodean uno de los géiseres en Geysir.

La crisis coincidió con la erupción del impronunciable Eyjafjallajökull, cuyas cenizas hicieron cancelar miles de vuelos en Europa por varias semanas. Islandia estaba en las noticias de todo el mundo. Publicidad gratuita, basada en la naturaleza única del país. Hmmm.

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Turistas rodean uno de los géiseres en Geysir.

Los islandeses, que siempre han gozado de un altísimo nivel de educación, comprendieron el mensaje que Odín ---el dios nórdico de la sabiduría--- les enviaba desde Valhalla. La salida a su crisis estaba en la promoción de su país como destino de aventuras, colocado privilegiadamente entre los dos continentes más prósperos del mundo. Así, emprendieron el esfuerzo nacional uniendo al gobierno, el sector privado y la población general, deseosa de ponerle fin a sus penurias económicas.  

No fue difícil ser creativos.

La fantástica geología dio rienda suelta al posicionamiento y publicidad internacional del país: volcanes, glaciares, aguas termales, géisers, cascadas. Echaron mano a las sagas vikingas y hasta a Julio Verne: el periplo en su libro Viaje al Centro de la Tierra se inicia en un conocido volcán islandés, hoy visitado por miles de extranjeros bien informados.

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Turistas rodean uno de los géiseres en Geysir.

Las autoridades identificaron un sitio baldío convenientemente cercano al aeropuerto Keflavik, lo llenaron de aguas termales y lo bautizaron con el romántico nombre de “The Blue Lagoon” ---en inglés---. Hoy es la principal atracción del país, y atiende hasta a los pasajeros que solo están haciendo conexión. Pagando, claro está.

Si el duro invierno suponía una baja en la entrada de turistas, Islandia se promocionaría como sitio para observar la increíble y elusiva aurora boreal, visible solo en esos meses. El resultado fue un aumento de turistas hasta casi alcanzar las cifras de julio o agosto.

Para publicitar la existencia del sol de medianoche que se da en aquellas latitudes, las autoridades se inventaron un torneo internacional de golf nocturno, pero bajo el sol, en la norteña Akureyri. El Abierto de Golf del Ártico es seguido y publicitado en todo el mundo.

Las familias antes desempleadas ahora operan restaurantes de comida típica, ofrecen excursiones sobre los famosos caballos islandeses y son dueñas de pequeñas compañías de turismo en toda la isla.

Los tours se ofrecen a través de oficinas abiertas en las principales ciudades, atendidas por personal políglota y bien entrenado. También a través de kioskos electrónicos en los lobbies de hoteles y el moderno centro de cultura de Reikjavik, Harpa.  Todo se ha diseñado para facilitarle la experiencia al visitante. 

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Turistas rodean uno de los géiseres en Geysir.

Un factor clave ha sido la promoción del “stopover” de las dos aerolíneas islandesas, Icelandair y Wow. Ambas ofrecen a los viajeros entre Norteamérica y Europa la parada gratis en Reikjavik hasta por una semana, sin pagar los impuestos de aeropuerto.  Los stopovers son ofrecidos desde las páginas web de ambas aerolíneas. Eso, unido a la promoción del destino, produjo un crecimiento extraordinario de 24% en 2017 en la llegada de turistas ---al que es reconocidamente el país más caro del mundo---.

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Turistas rodean uno de los géiseres en Geysir.

La crisis quedó atrás. En 2017, el turismo generó 42% de los ingresos por exportación del país, seguido muy lejos por la pesca, con 17%. Representó el 10% del producto interno bruto. El turismo ocupa al 15% de los islandeses y el desempleo ha bajado al 1.7%. El ingreso per cápita es $55,000 al año, considerando ya la paridad de poder de compra.

Aterricemos en Panamá. Los pasajeros en tránsito en Tocumen fueron 11.1 millones en el 2017. Los visitantes desembarcados, apenas 1.5 millones. Si un pasajero en tránsito desea hacer el stopover en Panamá, deberá pagar tasas aeroportuarias de $52.50. En el caso de una familia de cuatro, solo asomarse a nuestras calles les costará más de $200. ¿Cómo se dice “no gracias” en inglés, alemán y japonés? Se castiga al turismo y nos disparamos en el pie.

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Turistas rodean uno de los géiseres en Geysir.
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Turistas rodean uno de los géiseres en Geysir.

Si Islandia promueve su posición geográfica, Panamá está mejor colocada aún. El canal de Panamá es un atractivo de clase mundial. Habilitemos facilidades para brindar al turista la experiencia bi-oceánica. Mostremos nuestra lujuriante naturaleza, tan admirada por los que viven cansados de ver rascacielos. Ubiquemos el sitio idóneo en la división continental para que el turista compruebe la partición de las aguas. Vendamos el maravilloso cruce de culturas que nos define.

Y sobre todo, por Thor y las Valkirias, corrijamos el miope, torpe y costosísimo error de suspender nuestra publicidad internacional, que ha significado la caída del turismo desde 2015 y ha sumido al país en la zozobra económica general. Nos ahorramos unos centavos para perder millones. Lo que no se anuncia, no se vende. Otros lo saben muy bien.

rejimeneze@hotmail.com

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