Hace 1 añoLa Iglesia católica, con más de 1,300 millones de fieles en el mundo, sigue siendo una de las instituciones con mayor influencia espiritual, social y cultural. Su papel como referente moral ha sido clave en tiempos de crisis y transformación. El pontificado de Francisco marcó una etapa de apertura, sencillez y cercanía con los marginados. Fue el papa de las periferias, el que pidió una Iglesia pobre para los pobres; el jesuita que, con Laudato Si’, llamó a cuidar nuestra casa común y puso el cambio climático en el centro del debate ético. Defendió el respeto a los homosexuales, condenó la guerra, denunció la desigualdad y pidió perdón por los abusos cometidos por miembros del clero, enfrentando con humildad una de las peores crisis morales de la Iglesia.
En su visita a Panamá en 2019, pidió a los jóvenes no ser espectadores de la historia, sino protagonistas del cambio. Les instó a “armar lío”, a sacudir las estructuras con esperanza y compromiso. Hoy, tras su partida, el mundo vuelve la mirada al cónclave. Elegir un nuevo papa no es solo un rito interno: es decidir quién guiará a millones en un mundo convulso, marcado por conflictos, migraciones, pérdida de sentido espiritual y amenazas a la dignidad humana.
Hace 1 añoUna democracia sin crítica es apenas un simulacro. Nueve meses después de iniciado el gobierno de José Raúl Mulino, el espacio para el disenso parece reducirse con rapidez. Quien opina distinto es tildado de “santita”, “chiquillo” o “cinco gatos”; quien señala errores, enfrenta desdén, burlas o descalificaciones desde el poder. Este clima hostil no se limita a la Presidencia. El contralor arremete contra diputadas y celebra el insulto como argumento. La crítica se responde con desprecio, no con razones.
El resultado es predecible: se debilita el debate público, se polariza la ciudadanía y se frustra la posibilidad de consensos. Una sociedad democrática y pacífica necesita voces disonantes. No hay diálogo real sin desacuerdo. Escuchar a quien incomoda, cuestiona o alerta no debiera ser una concesión del poder, sino una obligación ética del servidor público.
La crítica no es enemiga de la democracia; es su condición esencial. Sin ella, solo queda el monólogo del poder.