Hace 24 añosLa necesidad de adecentar a la clase política de nuestro país es un tema que no admite discusión. Pero para que ese objetivo se cumpla, es preciso que cada uno de los 71 legisladores que integran la Asamblea Legislativa piense y actúe de modo distinto a como lo ha hecho hasta ahora, lo que implicaría una transformación profunda. Y es que las pretensiones de los legisladores priman hasta tal punto sobre las responsabilidades que el cargo les demanda, que han olvidado, incluso, mantener la independencia de ese órgano del Estado. Resultaría obvio e ingenuo decir que deben ser los modelos por excelencia, pero lo cierto y lo que no puede perderse de vista es que a ninguno de ellos le ha importado nada con el vergonzoso desenlace que ha provocado la designación del presidente de la nueva junta directiva. Si se alentara en ellos una visión que revalorice la importancia de sus funciones, la posibilidad de un cambio profundo y sostenido sería mucho mayor. Este es el perfil del legislador que necesitamos: un político formado en actitudes y valores que sea capaz no solo de crear leyes en el terreno conceptual sino de ponerlas en práctica vivencialmente. Nuestro sistema político requiere coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que los legisladores piensan y lo que son. La comunidad tiene derecho a un cambio. Y a la paz.
Hace 24 añosLa necesidad de adecentar a la clase política de nuestro país es un tema que no admite discusión. Pero para que ese objetivo se cumpla, es preciso que cada uno de los 71 legisladores que integran la Asamblea Legislativa piense y actúe de modo distinto a como lo ha hecho hasta ahora, lo que implicaría una transformación profunda. Y es que las pretensiones de los legisladores priman hasta tal punto sobre las responsabilidades que el cargo les demanda, que han olvidado, incluso, mantener la independencia de ese órgano del Estado. Resultaría obvio e ingenuo decir que deben ser los modelos por excelencia, pero lo cierto y lo que no puede perderse de vista es que a ninguno de ellos le ha importado nada con el vergonzoso desenlace que ha provocado la designación del presidente de la nueva junta directiva. Si se alentara en ellos una visión que revalorice la importancia de sus funciones, la posibilidad de un cambio profundo y sostenido sería mucho mayor. Este es el perfil del legislador que necesitamos: un político formado en actitudes y valores que sea capaz no solo de crear leyes en el terreno conceptual sino de ponerlas en práctica vivencialmente. Nuestro sistema político requiere coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que los legisladores piensan y lo que son. La comunidad tiene derecho a un cambio. Y a la paz.
Hace 24 añosLa audacia y el carácter cinematográfico de los asaltos cometidos contra turistas extranjeros en las últimas semanas han inquietado a la comunidad nacional. Los asaltantes planificaron cada uno de sus pasos, no se intimidaron por la luz del día y emplearon técnicas sofisticadas y armas de grueso calibre para arrebatarle a estas personas el dinero y los bienes que portaban. Las bandas delictivas se enseñorean por las calles, en una ola creciente de inseguridad que azota a la ciudadanía. Es alarmante que el letargo sea la respuesta a los niveles de violencia que están afectando no solo a los nacionales sino también a los extranjeros. Panamá es un hospedero inquietante. Con un potencial turístico extraordinario, nuestro país no provee de seguridad a quienes lo visitan durante convenciones, en actividades comerciales o por placer. En una época dramática de vacas flacas, el turismo, sobre todo el externo, ha inyectado a la economía por año más de 500 millones de dólares y se perfila como uno de los rubros con mayor perspectiva. Se habla mucho del diseño de una estrategia nacional de turismo y se invierten millones de dólares en campañas internacionales para persuadir a los turistas de que elijan Panamá como destino de sus viajes. Es hora de que la seguridad a los turistas parta de una política unificada, que no dé ningún margen a que los funcionarios se tiren entre ellos la pelota de su incapacidad.
Hace 24 añosSeguir figurando entre los países más corruptos del mundo es una realidad de la que aún no pueden desprenderse los panameños. La imagen de país corrupto tiene consecuencias adversas de distinto tipo, desde la desconfianza de la ciudadanía en las instituciones republicanas hasta la perpetuación de los niveles de pobreza, pasando por el costo económico que representa la evaluación negativa de los inversionistas. Según el último informe de Transparencia Internacional sobre percepción de la corrupción, Panamá es uno de los países en desarrollo más permeables a la corrupción: en un espectro de 102 países, quedó ubicada en el puesto 67. La posición es peor que la de otros países latinoamericanos como Chile, Uruguay, Costa Rica, México, Brasil, Colombia y El Salvador. Finlandia, una nación de la Unión Europea, está casi libre del flagelo. En el extremo contrario, de la macrocorrupción, está la asiática Bangladesh. En una escala de peor a mejor, de 1 a 10, se sitúa nuestro país en el número tres, lo que corresponde a 0.7 décimos menos que el año pasado. Estamos, cuesta decirlo, al borde del fracaso. Los factores que más contribuyen con este descalabro son los efectos de los bajos salarios en una significativa parte del sector público, la inmunidad -y también impunidad- de determinados funcionarios, así como la falta de transparencia de los actos públicos y las restricciones al acceso de la información, particularmente a los medios de comunicación.
Hace 24 añosSi se organizara un concurso para elegir el monumento al abandono nacional habría que concedérselo al hospital de Clayton. Después de tres años de haber sido transferido por las Fuerzas Armadas estadounidenses, el Gobierno no ha sabido qué hacer con ese valioso bien oficial. Con una envidiable ubicación dentro del antiguo Fuerte Clayton, el complejo hospitalario es una ciudadela con capilla, motel, gimnasio, escuelas, restaurante, piscina, áreas de entretenimiento y hasta un centro de detención. Por ese complejo, habilitado como hospital en un periodo y oficinas administrativas en otro, pasó la crema y nata de la comunidad castrense de Estados Unidos, tanto en tiempos de guerra como de paz. Para los agentes era un privilegio laborar en un área arquitectónica y urbanística dotada de tantas facilidades. Su apogeo cesó cuando ingresó al patrimonio administrado por la ARI, que le puso candados a los edificios y se desentendió del asunto, como si pesara sobre estas edificaciones una maldición. Después de un tiempo muerto en manos de la ARI, el Consejo de Gabinete cedió el complejo a la Caja de Seguro Social, que proyecta ocuparlo con oficinas administrativas. Mientras el Gobierno desembolsa altas cuantías en alquileres para albergar ministerios y pregona la necesidad de crear la Ciudad Gubernamental, el hospital de Clayton es víctima de la inexcusable negligencia con la cual se administra el patrimonio público.
Hace 24 añosUn noble motivo y sobradas razones estuvieron en la génesis, a principios del siglo XX, de una escuela que ha sido epicentro de los ideales panameños: el Instituto Nacional. Cuando se estaba forjando la República, desde sus inicios se convirtió el Nido de Aguilas en timbre de orgullo del país. Sin escuelas superiores establecidas hasta la creación en 1935 de la Universidad de Panamá, fue el centro de ebullición de las ideas y de la consolidación de los valores istmeños. La función de faro intelectual es inherente al Instituto. Preocupa, por tanto, que la comunidad institutora esté perdiendo ese papel protagónico en la educación y el quehacer nacional, y que, por el contrario, se estén incubando aquellos antivalores que en nada contribuyen con la misión de cohesión y mejora de la sociedad que es consustancial a la actividad educativa. Las disputas entabladas por alumnos, profesores, directivos y padres de familia sobre el presente y futuro del plantel corresponden más bien a actitudes personalistas y son ajenas al legado institutor, representado en las águilas de bronce y las grandes figuras femeninas del edificio santanero que es patrimonio histórico. El norte debe ser el restablecimiento del estudio y la convivencia como deberes básicos. Signo del atraso y la agonía del sistema educativo, la crisis por la que atraviesa el Instituto es seria y debe ser remediada antes de que sea tarde.